En un club donde la identidad se construye desde abajo hacia arriba, el nombre de César Puljiz aparece como una referencia ineludible. Formador de generaciones durante tres décadas, su recorrido excede lo deportivo y se mete de lleno en lo humano. En diálogo abierto, repasa su historia, su método y el lazo que convirtió a Villa San Martín en mucho más que un club. Este es parte del diálogo mantenido con QuintoCuartoNea.com.
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—Treinta años en el club. ¿Qué balance hacés de aquel joven de tu Quitilipi natal a este presente?
—“Con el Negro Moreira, que era mi mejor amigo, siempre mirábamos a los clubes de Resistencia. Nuestro espejo era Villa San Martín, porque veíamos lo que competía, sus jugadores… Para nosotros era uno de los clubes más grandes de la provincia. Y verme en ese momento allá en Quitilipi entrenando, a estar hoy dentro de esta institución tan grande, la verdad es algo soñado. Y ahora es un presente hermoso por toda la trayectoria que viví en este querido club”.

—Tu trabajo siempre fue silencioso, pero muy reconocido. ¿Dónde está la clave para detectar y formar talentos?

—“La clave… yo pasé por todas las categorías en el club. Desde el mini básquet hasta infantiles, incluso en momentos difíciles donde hacíamos de todo. Pero lo fundamental es respetar la etapa evolutiva del chico. Saber en qué momento está. Saber mucho más del chico que del básquet. Saber qué siente, qué piensa, qué le gusta, qué puede hacer y qué no. Y después sí, complementarlo con el básquet. Ahí está el secreto”.
—¿Qué lugar ocupa el juego en ese proceso?
—“Es central. No hay que perder de vista que la actividad fundamental del niño es jugar. Entonces, todo eso hay que amalgamarlo y transmitirlo con amor, cariño y respeto. Cada chico es distinto, tiene capacidades diferentes. Ese es el verdadero trabajo”.
—Se habla mucho del ADN de Villa San Martín. Muchos te señalan como uno de sus constructores. ¿Cómo se transmite eso?
—“Yo creo que hay un trabajo muy fuerte desde el inicio. Conocer al chico, respetarlo, contenerlo. Pero también transmitirle el cariño, el amor y el respeto por los colores, por el escudo. Si no hacés eso, es muy difícil que el chico tenga compromiso. Porque son niños”.
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—¿Qué diferencia a Villa de otros clubes?
—“El sentido de familia. El club es familia, es barrio, es pertenencia. Nosotros siempre tratamos de estar antes que los chicos en la cancha. Que cuando entren lo primero que vean sea al entrenador. El saludo, el abrazo. Estar en sus cumpleaños, en los momentos lindos y también en los difíciles. Eso marca una diferencia muy grande”.

—En tres décadas, las anécdotas deben sobrar. ¿Cuál te marcó especialmente?
—“Tengo miles, pero una que siempre recuerdo es cuando llegué al club. Yo venía en bicicleta, una bicicleta vieja, con todas mis ilusiones. Entré a ese club enorme… fue algo increíble. Y después, cuando me dijeron que iba a venir alguien a formarme, apareció ´Tata´ Flores. Ahí me di cuenta que sabía muy poco. De los chicos y de la vida. Fue clave para mí”.
—¿Y con los chicos?
—“También hay muchas. Pero te cuento una: Gonza Corbalán (hoy en el básquet profesional español y en la selección argentina), cuando tenía 4 años. Hicimos un juego, ‘el oso dormilón’, en un día de tormenta. Se asustó y no quería volver más al club. Cuando pasaba por la puerta decía ‘no voy a entrar porque está el oso’. Al año siguiente volvió… y hoy está donde está. Son cosas que te marcan”.
—Por último, ¿es una despedida o hay Puljiz para rato en Villa?
—“Es la pregunta más difícil… Yo soy un agradecido al club por todo lo que me dio. Me formó como persona y como profesional. Le di mucho al club y el club me dio mucho a mí. Somos familia, prácticamente de sangre. De una u otra manera voy a estar siempre ligado a esta institución. Después, el tiempo dirá si hay más César o no dentro del club”.
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