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César “Pichín” Centanaro, el héroe vivo que el Chaco no debería olvidar

Anda por ahí, más chueco que nunca, con ese andar desgarbado y toda la fama junta escapándosele por algún agujero del bolsillo. Al borde de la edad que lo convertirá irreversiblemente en sexagenario —esa frontera que, para muchos, marca el inicio del último cuadro de la vida—, el tipo corre, entrena, juega al básquet y sigue enseñándole a los chicos.

César “Pichín” Centanaro, el héroe vivo que el Chaco no debería olvidar
El interminable César “Pichín” Centanaro.

La ciudad lo mira con la indiferencia que reserva para casi todo, sin distinguir entre quienes nos trajeron gloria y aquellos que robaron con guantes blancos. Pichín Centanaro, el mejor atleta surgido de la escuela de Pocholo Aguilar, sigue vivo, latiendo como si tuviera veinte años. Respira el aire de Resistencia mientras saluda a sus hinchas, que, claro, también peinamos canas.

Los chicos que lo tienen de profe en una canchita callejera de Belgrano al 1900 no tienen idea de la magia que desplegó este veterano de físico intacto. El problema es que, para mí y para muchos de sus contemporáneos, pareciera que tampoco lo supiésemos del todo. Demasiado joven para los homenajes, suele tener que discutir con algún funcionario de cuarta que lo ningunea, en lugar de tratarlo con el respeto ganado en mil lides deportivas.

Jugó en Hindú y compartió el rectángulo con Mito Outeriño, Filipponi, Pichili, Pablo Sliuch, Julio Semino y, más acá en el tiempo, con Ernesto Roy. El Kilo Lobos era su técnico en el bólido verde, ese equipo que tantas noches me amargó como hincha de Villa y que todavía vive dentro mío.

Petiso para el juego de gigantes que es el básquet, lo vi superar con su impresionante doble salto la estatura de Penny Corvalán, casi dos metros de brazos levantados, y encestar un doble ganador. Puede darse el gusto de decir, ante cualquiera, que jugó contra Carlucho Lutringer, ídolo de Villa, de la selección chaqueña y capitán de la selección argentina. Tiempos en los que no se contabilizaban triples ni existía el semicírculo pintado.

Este Centanaro te mataba de afuera con aquellas bandejas formidables que reventaban redes a fuerza de piernas, pulmones y puntería. ¿Cómo puede esta ciudad, tan rica en esculturas, en arte y en talento deportivo, olvidarse de estos héroes vivos que algunos disfrutamos porque sabemos quiénes fueron?

No hace mucho se fue Nonín López, acaso el mejor mediocampista del fútbol lugareño, en un silencio demasiado grande, vergonzoso. ¿Y qué hacemos con Pichín, que habiendo dado tanto por el Chaco y por esta ciudad, vive extremadamente al día?

A los 26 años se fue a jugar a Boca Juniors, en tiempos de las travesuras de Jesús Díaz y la clase de Néstor Delgui. Mucho antes de que naciera Ginóbili, lo pidieron desde la catedral del básquet, Bahía Blanca, y se mezcló en cancha y vestuario con el mago Alberto Cabrera, con el misionero Finito Germán, Raúl Guitar y otros gigantes de aquella época. No desentonaba: brillaba. Chaqueño de garra y nervio, caballo de pura sangre, ganador por naturaleza.

Pichín representa la bisagra generacional entre Carlucho Lutringer, Chiche Dosso, Mito Outeriño, y los que vinieron después: el Puma Pirota, Neco Pérez, Jorge McDonald, el Buki Carlen, Poto López Sánchez y tantos otros. Descolló entre grandes este petiso prepotente, sabedor de su talento distinto. Para quererlo hay que aceptarlo como es: discutidor y reverente, centro de todo, vértice y mandón. “Yo soy”, lo resume.

No hubiésemos tenido un Pichín Centanaro sin su mamá, María Lidia, que lo empujó a la cancha a los doce años; sin el Coco Rocha, que lo tomó de adolescente; y mucho menos sin Pocholo Aguilar, otro grande entre los grandes, hacedor de estrellas.

Hasta hoy nadie batió su récord de 36,25 puntos de promedio en un Campeonato Argentino, logrado en La Rioja 1974. Ni su marca legendaria de 49 segundos 5/100 en 400 metros llanos, clavada en los intercolegiales desde los años sesenta. Tres veces goleador del “Más Argentino”, fanático del Chevy y loco por la pelota anaranjada.

Camina por la ciudad sin que nadie lo moleste. Es una falta de reconocimiento, que también es una falta de respeto hacia nosotros mismos. Como dijo aquel general: “Los pueblos que no saben de dónde vienen, no saben hacia dónde van”. El básquet chaqueño viene de Carlucho, de Chiche, de Mito… pero también viene de este petiso al que cuesta presentarles a los chicos de hoy.

Que quede claro: quien escribe estas líneas lo sufrió en mil partidos, en clásicos inolvidables, con estadios llenos, cuando Villa e Hindú discutían sin triples quién era el más guapo. Para él, para César “Pichín” Centanaro, todo mi cariño de amigo personal y mi respeto por una trayectoria impresionante.

Texto: Manolo Bordón. Archivo y producción: Luis Darío Molodezky

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